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Severo Ochoa, referente y modelo para los investigadores españoles

A partir de que descubrí que mi vocación era la investigación científica, ya el profesor Ochoa fue para mí y para muchos españoles un faro, un ejemplo a seguir y un modelo a copiar.

A partir de que descubrí (durante mi etapa predoctoral) que mi vocación era la investigación científica, ya el profesor Ochoa fue para mí y para muchos españoles un faro, un ejemplo a seguir y un modelo a copiar. Teníamos dos premios Nobel en ciencia (por ser español a él lo considerábamos también nuestro): como el de Don Santiago Ramón y Cajal estaba tan lejano, este premio de 1959 sí que podía iluminar el futuro de una España que nos dolía que no estuviese en el sitio que le correspondía. A Ochoa le ví por vez primera en Madrid en 1964, con motivo de la celebración del XXV aniversario del CSIC.

Después de realizar mi Tesis doctoral en Química estudiando propiedades de catalizadores de sílice-alúmina utilizados entonces en el craqueo de petróleo, me ofrecí a Juan Francisco García de la Banda para implementar su visionaria idea de iniciar una nueva línea de catálisis biológica dentro del Departamento de Catálisis ---perteneciente al Instituto Rocasolano CSIC---, que luego se convertiría en Instituto. Con este objetivo, y después de una exhaustiva búsqueda en la biblioteca, elegí al Dr. Christian Anfinsen, de los National Institutes of Health, para realizar en su laboratorio mi aprendizaje en BIOcatálisis. Cuando llegué a Bethesda con una beca del US Public Health Service, ya Anfinsen me habló ---con el máximo respeto y admiración--- de su amigo español Severo Ochoa.

En el próximo congreso de la Federation of the American Societies for Experimental Biology en Atlantic City (1968), me apresuré a saludar a Don Severo. Me comentó que dos excelentes bioquímicos españoles, Eladio Viñuela y Margarita Salas acababan de regresar a Madrid después de trabajar durante unos años en su laboratorio. Recuerdo que Ochoa, al escuchar que yo venía de la catálisis química y quería iniciar la biocatálisis en el CSIC, lo primero que me preguntó fue que cuál era mi background, a lo que le contesté que Química, pero que estaba terminando la licenciatura en Farmacia (todos ahora conocemos qué él como bioquímico preclaro hubiera deseado empezar primero su formación en química y luego pasar a la formación medico-biológica). Y finalmente me dio saludos para Chris Anfinsen (a quien aún no habían concedido el premio Nobel).

En 1972, durante una de mis sucesivas estancias de un mes en USA, un antiguo colega de NIH me invitó a visitar su laboratorio en el Instituto Roche de Nutley, centro de excelencia en el que un par de años más tarde Don Severo podría continuar sus investigaciones, una vez jubilado de la Universidad de Nueva York.

En sus numerosos viajes a España, le seguía con fascinación. Le recuerdo en el Congreso Nacional de Bioquímica en 1975 en Sevilla, organizado por Manuel Losada; fue de altísimo nivel científico, corroborado por los destacados bioquímicos de todo el mundo que asistieron, además de Ochoa. En conmemoración del 75 cumpleaños de Ochoa se publicó el libro Avances de la bioquímica: Alberto Sols, me invitó a contribuir con un capitulo. Más adelante, y dentro de los Congresos SEB, tuve la satisfacción de presenciar la ceremonia de concesión del doctorado Honoris causa por la Universidad de Santander.

Desde 1974 en que viene con mucha frecuencia a España y sobre todo una vez volvió definitivamente en 1985, fue siempre un referente para la ciencia española. Su prestigio hacía que sus opiniones ---a veces críticas, comunicadas en los periódicos--- fueran escuchadas y tenidas en cuenta por los responsables de la educación y la ciencia en España.

Sabíamos que no se encontraba bien de salud; además, sus últimos años sin su esposa era conocido que nuestro Nobel la echaba mucho de menos. En 1993 todos sentimos su pérdida. Con cariño acudimos al Hospital madrileño donde falleció a dejar constancia de la orfandad en que la bioquímica ---y por extensión la ciencia española--- se quedaban.

Bastantes años después, y encontrándome en un viaje de turismo por Asturias, me acerqué a visitar su panteón en el bonito pueblo de Luarca. Hubiese deseado que hubiese vivido muchos más años: su presencia era un acicate para que los políticos dedicasen más atención y presupuesto tanto a la investigación como a la enseñanza.

Antonio Ballesteros Olmo
Profesor de Investigación
Instituto de Catálisis del CSIC